a Mensajes en el Día del Enfermo Voluntarias "Damas de Amarillo" PAGINA ENTRADA
![]()
MENSAJE
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II PARA LA XIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
Cristo, esperanza para África
1. En el año 2005, después de diez años, África acogerá nuevamente las
principales celebraciones de la Jornada Mundial del Enfermo, que se realizarán
en el Santuario de María Reina de los Apóstoles, en Yaoundé, Camerún. Esta
elección dará la oportunidad de manifestar una solidaridad concreta a las
poblaciones de ese continente, agobiadas por carencias sanitarias. De este modo
se dará un paso más en la actuación del compromiso que los cristianos de África
asumieron hace diez años, al celebrarse la tercera Jornada Mundial del Enfermo,
de ser «buenos samaritanos» de los hermanos y de las hermanas que atraviesan
situaciones difíciles.
En efecto, en la exhortación post-sinodal «Ecclesia in Africa», retomando las
observaciones de muchos padres sinodales, escribí que «el África de hoy se
puede parangonar con aquel hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó; cayó en
manos de salteadores que lo despojaron, lo golpearon y se marcharon dejándolo
medio muerto (cf. Lc 10, 30-37)». Y añadía que «África es un continente en
el que innumerables seres humanos --hombres y mujeres, niños y jóvenes-- están
tendidos, de algún modo, al borde del camino, enfermos, heridos, indefensos,
marginados y abandonados. Ellos tienen una necesidad imperiosa de buenos
Samaritanos que vengan en su ayuda» (n. 41; AAS 88 [1996], 27).
2. Asimismo, la Jornada Mundial del Enfermo tiene como finalidad promover la
reflexión sobre la noción de salud, que en su acepción más completa se
refiere también a una situación de armonía del ser humano consigo mismo y con
el mundo que lo rodea. Es precisamente esta visión que África manifiesta de
modo muy rico en su tradición cultural, como lo atestiguan las numerosas
manifestaciones artísticas, tanto civiles como religiosas, llenas de sentido
gozoso, de ritmo y de musicalidad.
Es lamentable, sin embargo, que esta armonía esté fuertemente turbada en la
actualidad. Numerosas enfermedades destruyen el continente, y entre todas de
modo especial el flagelo del sida, «que siembra dolor y muerte en numerosas
zonas de África» (ivi, n. 116: l.c., 69). Los conflictos y las guerras, que
atormentan a no pocas regiones africanas, hacen que sean más difíciles las
intervenciones destinadas a curar estas enfermedades. En los campos de prófugos
y refugiados a menudo yacen personas que no disponen ni siquiera de víveres
indispensables para sobrevivir.
Exhorto a quienes tienen la posibilidad que no dejen de comprometerse a fondo
para poner fin a esas tragedias (Cf. ivi, n. 117; l.c., 69-70). Asimismo,
recuerdo a los responsables del comercio de armas lo que escribí en dicho
documento: «Los que alimentan las guerras en África mediante el tráfico de
armas son cómplices de odiosos crímenes contra la humanidad» (ivi, n. 118:
l.c., 70).
3. En lo que se refiere al drama del sida, ya he tenido ocasión de subrayar en
otras circunstancias, que el sida se presenta también como una «patología del
espíritu». Para combatirla responsablemente es necesario aumentar la prevención
mediante la educación que respete el valor sagrado de la vida y la formación
de una correcta práctica de la sexualidad. En efecto, si son numerosas las
infecciones por contagio a través de la sangre sobre todo durante el embarazo
--infecciones que se deben combatir con denodado empeño-- lo son mucho más
aquellas que tienen lugar por vía sexual y que se pueden evitar sobre todo a
través de una conducta responsable y la observancia de la virtud de la
castidad.
Al referirse a la incidencia que tienen en la difusión de la enfermedad los
comportamientos sexuales irresponsables, los obispos que participaron en el
mencionado Sínodo para África, en 1994, formularon una recomendación que
quisiera proponer de nuevo: «El afecto, la alegría, la felicidad y la paz
proporcionados por el matrimonio cristiano y por la fidelidad, así como la
seguridad dada por la castidad, deben ser continuamente presentados a los
fieles, sobre todo a los jóvenes» («Ecclesia in Africa», 116; AAS 88 [1996]
69).
4. Todos deben sentirse implicados en la lucha contra el sida. Sobre este tema,
compete a los gobernantes y a las autoridades civiles proporcionar informaciones
claras y correctas al servicio de los ciudadanos, así como también dedicar
recursos suficientes a la educación de los jóvenes y al cuidado de la salud.
Animo a los organismos internacionales a que promuevan en este campo iniciativas
que, inspirándose en la sabiduría y en la solidaridad, estén siempre
encaminadas a defender la dignidad humana y a tutelar el derecho inviolable a la
vida.
Un convencido reconocimiento va a las industrias farmacéuticas que se
comprometen por mantener bajos los costos de las medicinas útiles en el
tratamiento del sida. Por cierto, se necesitan recursos económicos para la
investigación científica en el campo sanitario y para que los medicamentos
descubiertos sean comerciables, pero frente a emergencias como el sida, la
salvaguarda de la vida humana debe colocarse antes que cualquier otra valoración.
A los agentes de pastoral pido «que ofrezcan a los hermanos y hermanas
afectados por el sida todo el alivio moral y espiritual. A los hombres de
ciencia y a los responsables políticos de todo el mundo suplico con viva
insistencia que, movidos por el amor y el respeto que se deben a toda persona
humana, no escatimen medios capaces de poner fin a este flagelo» («Ecclesia in
Africa», 116: l.c.).
En particular, quisiera recordar aquí con admiración a los numerosos agentes
sanitarios, a los asistentes religiosos y a los voluntarios que, como buenos
samaritanos, consumen su vida al lado de las víctimas del sida y se ocupan de
sus familiares. En efecto, es precioso el servicio que ofrecen miles de
instituciones sanitarias católicas socorriendo, a veces en forma heroica, a los
que en África están afligidos por todo tipo de enfermedades, especialmente por
el sida, la malaria y la tuberculosis.
Durante los últimos años, he podido constatar que mis llamamientos a favor de
las víctimas del sida no han sido vanos. He visto con agrado que, coordinando
esfuerzos, varios países e instituciones han sostenido campañas concretas de
prevención y cuidado a los enfermos.
5. Me dirijo ahora, en forma especial, a vosotros, queridos hermanos obispos de
las conferencias episcopales de los demás continentes, a fin de que os unáis
generosamente a los pastores de África para enfrentar de modo eficaz a ésta y
a otras emergencias. Como lo ha hecho en el pasado, el Consejo Pontificio para
la Pastoral de la Salud no dejará de ofrecer su aportación para coordinar y
promover dicha cooperación, solicitando el aporte concreto de cada conferencia
episcopal.
La solicitud de la Iglesia hacia los problemas de África no está movida únicamente
por razones de compasión filantrópica hacia el hombre necesitado, sino que está
animada también por la adhesión a Cristo Redentor, cuyo rostro ella reconoce
en los rasgos de la persona que sufre. Por tanto, es la fe la que le mueve a
comprometerse plenamente para curar a los enfermos, como lo ha hecho siempre a
lo largo de la historia. Es la esperanza la que le hace capaz de perseverar en
esta misión, no obstante los innumerables obstáculos que encuentra. En fin, es
la caridad la que le sugiere acercarse debidamente a las diferentes situaciones
y le permite percibir las peculiaridades de cada una y ofrecer una respuesta en
forma adecuada.
Con esta actitud de profunda coparticipación, la Iglesia sale al encuentro de
los heridos por la vida, para ofrecerles el amor de Cristo mediante las
numerosas formas de ayuda que la «fantasía de la caridad» («Novo millennio
ineunte», 50) le sugiere para socorrerlos. A cada uno ella repite: ¡Animo,
Dios no te ha olvidado! Cristo sufre contigo. Y tú, ofreciendo tus
sufrimientos, puedes colaborar con El para redimir el mundo.
6. La celebración anual de la Jornada Mundial del Enfermo ofrece a todos la
posibilidad de comprender mejor la importancia de la pastoral de la salud. En
nuestra época, marcada por una cultura embebida de secularismo, a veces estamos
tentados de no valorar plenamente dicho ámbito pastoral. Se piensa que otros
sean los campos en los que se juega el destino del hombre. En cambio, es
precisamente en el momento de la enfermedad cuando se plantea con mayor urgencia
la necesidad de encontrar respuestas adecuadas a las cuestiones últimas
referentes a la vida del hombre: las cuestiones sobre el sentido del dolor, del
sufrimiento y de la misma muerte, considerada no sólo como un enigma con el
cual confrontarse fatigosamente, sino como misterio en el que Cristo se
incorpora en nuestra existencia, abriéndola a un nuevo y definitivo nacimiento
para la vida que nunca acabará.
En Cristo está la esperanza de la verdad y de la plena salud, la salvación que
Él trae es la verdadera respuesta a los interrogantes últimos del hombre. Ya
no hay contradicción entre salud terrena y salud eterna, pues el Señor ha
muerto por la salud integral del hombre y de todos los hombres (cf. 1P 1,2-5;
Liturgia del Viernes Santo, «Adoración de la Cruz»). La salvación constituye
el contenido final de la Nueva Alianza.
Por tanto, en la próxima Jornada Mundial del Enfermo queremos proclamar la
esperanza de la plena salud para África y para la humanidad entera, con el
compromiso de trabajar con mayor determinación al servicio de esta gran causa.
7. En la página evangélica de las Bienaventuranzas, el Señor proclama: «Bienaventurados
los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mt 5,4). La antinomia que
parece haber entre el sufrimiento y el gozo se supera gracias a la acción
consoladora del Espíritu Santo. Configurándonos con el misterio de Cristo
crucificado y resucitado, el espíritu nos abre desde ahora al gozo que alcanzará
su plenitud en el encuentro gozoso con el Redentor. En realidad, el ser humano
no aspira sólo a un bienestar físico o espiritual, sino a una «salud» que se
manifieste en una total armonía con Dios, consigo mismo y con la humanidad. A
esta meta se llega sólo a través del misterio de la pasión, muerte y
resurrección de Cristo.
De esta realidad escatológica nos ofrece una anticipación elocuente María
Santísima, especialmente a través de los misterios de su Inmaculada Concepción
y de su Asunción al Cielo. En Ella, concebida sin mancha de pecado, su
disponibilidad es total tanto ante la voluntad divina como ante el servicio de
los hombres, y plena es, por tanto, su armonía profunda de la que brota la
alegría.
Por eso nos dirigimos a ella implorándola como «Causa de nuestra alegría».
La alegría que la Virgen nos da es una alegría que permanece incluso en medio
de las pruebas. Sin embargo, pensando en el África dotada de inmensos recursos
humanos, culturales y religiosos, pero afligida también por inenarrables
sufrimientos, sale espontánea de los labios una apremiante oración:
María, Virgen Inmaculada,
Mujer del dolor y de la esperanza,
muéstrate benigna hacia todo el que sufre
y obtén para cada uno la plenitud de la vida.
Dirige tu mirada materna
especialmente hacia aquellos que en África
se encuentran en necesidad extrema,
porque están afligidos por el sida o por otra enfermedad mortal.
Mira a las madres que lloran a sus hijos;
mira a los abuelos sin recursos suficientes
para sostener a sus nietos que se han quedado huérfanos.
Abraza a todos en tu corazón de Madre.
¡Reina de África y del mundo entero,
Virgen Santísima, ruega por nosotros!
Desde el Vaticano, 8 de septiembre de 2004.
Juan Pablo II